El sueño vence, siempre vence, por mucha fuerza de voluntad, por mucha cafeína…sé que acabaré hundiéndome en los brazos de Morfeo. Caigo, me siento caer, pero no tengo miedo, sé que estoy soñando. Me detengo. En un principio mi visión es borrosa, pero acabo enfocando la vista, miro al frente y me encuentro ante un paisaje de ensueño, un paraje hermoso; verdor, sonido de pájaros, se oye el rumor del agua en algún lugar cercano, la temperatura es la idónea. Un soplo de viento choca contra mi cuerpo, recorriéndome y provocando un escalofrío que produce una sensación de excitación en mí. En ese momento me doy cuenta de que estoy desnuda, pero no siento vergüenza, me siento cómoda, como un igual ante la naturaleza, ella se muestra desnuda, pura ante mí y yo… me muestro tal cual soy, no sé si tan bella y pura, pero sí en cuerpo y alma. Me propongo recorrer ese lugar, quiero adentrarme en él, descubrir más. Cada paso que doy me provoca una sensación de paz, de felicidad.
Mi pulso se acelera, como cuando estás en el cine y se oye esa música que te avisa de que va a pasar algo, sé que va a pasar algo, a la vez que me asusta, me excita de tal modo que mi piel se torna de gallina. Cada vez me excito más, siento como si mil manos me tocasen, me acariciasen el cuerpo, me dejo llevar por esa sensación hasta que alcanzo el clímax. Tal es la sensación de placer que me quedo sin fuerzas, me fallan las piernas y caigo de rodillas en el suelo. Me quedo en esa posición unos segundos mientras el placer remite y mi respiración se vuelve regular. Alzo la cabeza porque percibo una presencia. En un primer momento me asusto, pero cuando reconozco esa presencia sonrío. Es Él. Mueve su mano en dirección a mí, la agarro y me ayuda a levantarme. Me agarra suavemente de la cintura y me acerca a él, me envuelve entre sus brazos y me abraza. Apoyo mi cabeza en su pecho desnudo y me siento embriagada por su olor. Me doy cuenta de que junto a él soy feliz.
Se supone que estoy soñando, pero ese sueño es muy real, las sensaciones, el placer, la curiosidad… Alzo la barbilla y mis ojos se encuentran con los suyos, me mira con pasión, deseo, ternura y amor, sé que me quiere, lo veo en su mirada. A mi temprana edad puedo decir que no hay mayor sensación que la que te provoca un hombre al mirarte de esa manera. Me olvido de todo lo que hay a mi alrededor, para mí sólo existe él. Me impulso un poco con los pies, me elevo y acerco mi boca a la suya, me detengo y disfruto de la sensación previa al beso, él medio sonríe, me conoce y sabe que me gusta jugar, mas en ese momento mi intención es disfrutar del momento, no provocar el juego.
Yo sonrío también y finalmente le beso, entrelazo mis labios con los suyos, cálidos, tiernos, suaves… bebo de su deseo, sitúo mis manos a su espalda, a la altura de la cintura y voy bajando hasta su culo, él por el contrario coloca sus manos en mi cuello, aprisionándome contra él. Me arrimo más aún a su cuerpo, noto como se va excitando, su respiración se acelera, cada vez me besa con más fuerza, con más ansia. Me deja libre del aprisionamiento, va bajando una mano por mi cuello, hombro, brazo…hasta que llega a mi cadera, violentamente me atrae más a él, lanzo un gemido al aire que se pierde en la inmensidad del paraje. De repente para, con suavidad me aleja de él, yo le miro extrañada esperando una explicación. Simplemente me agarra de la mano y dice: “Sígueme” y echa a andar. Le sigo mirándole todo el rato, él evita mi mirada. Se vuelve a parar de golpe, voy a preguntarle que qué pasa, pero sitúa su dedo en mis labios pidiéndome silencio. Me mira de esa forma suya y susurra: “Te quiero, siempre esperé encontrarte y apareciste cuando ya había perdido toda esperanza, este lugar que ves, es la parte de mi mente que tengo reservada para ti. La que evoco cuando pienso en ti, por eso te sientes tan cómoda y feliz, este lugar es como tú, tierno a la vez que apasionado, este lugar te pertenece de la misma forma que te pertenece mi corazón.”
En ese momento suena el despertador y abro los ojos a la vez que su imagen se difumina y se pierde en aquel lugar al que van a parar todos los sueños.
Cuando salgo de casa, siguiendo la misma rutina de cada día, me encuentro con él, apoyado en el banco enfrente de mi casa, me sonríe. Me acerco a él y me dice: “Buenos días princesa.”